Capítulo 3
Miladi
—¡Agh! —La queja de Sinnos llegó desde el pescante, por encima del golpeteo de la lluvia sobre el techo—. ¡Maldita la hora en que acepté este trabajo!
Llevaba maldiciendo desde el mediodía, cuando la llovizna de la mañana se convirtió en aguacero. El Viejo Camino Svalich, irregular de por sí, se había vuelto un lodazal donde los caballos resbalaban y la carreta se bamboleaba de un lado al otro.
Las nubes bajaban de las montañas como un manto sucio, tan bajas que parecían rozar las copas de los árboles. Adentro, nadie hablaba. En el espacio reducido, cada sacudida los lanzaba unos contra otros. Ireena miraba por la pequeña ventana lateral cómo el paisaje se borraba detrás de la cortina de agua.
La rueda delantera derecha se hundió en un hoyo con un crujido. La carreta se inclinó de golpe y se detuvo. Todos se apretaron contra el lado opuesto para no volcar.
—Está atascada —anunció Sinnos, saltando al suelo con un chapoteo—. Todos abajo.
Alexis fue la primera en bajar. Se hundió hasta los tobillos en un barro frío y pegajoso que le succionaba las botas a cada paso.
Kaleb la siguió con una mueca, Laghai se deslizó en silencio y Pancracio descendió intentando conservar algo de dignidad bajo el aguacero.
Ireena vaciló en el escalón. Pancracio le tendió la mano y ella bajó; los zapatos le desaparecieron en el lodo.
—Sinnos, quédate con los caballos —dijo Laghai, examinando la rueda—. Nosotros empujamos.
Se colocaron detrás de la carreta. Ireena se quedó a un costado, mirando cómo los demás tomaban posición.
—¡A la de tres! —gritó Sinnos desde el frente—. ¡Una, dos, tres!
Empujaron con todas sus fuerzas. Los pies resbalaban, los brazos temblaban, hasta que la rueda se liberó con un sonido húmedo y la carreta rodó unos metros antes de que Sinnos frenara a los caballos.
Se quedaron jadeando bajo la lluvia, embarrados hasta las rodillas, el aliento convertido en vapor.
Sinnos se agachó junto a la rueda, limpiándose las manos en el pantalón.
—Kaleb, ¿dónde conseguiste esta chatarra?
—¡Esta “chatarra” nos está llevando a donde necesitamos ir! —protestó Kaleb, llevándose una mano al pecho—. ¿Qué esperabas, una carroza real?
—Al menos a la princesa no se le arruinó el vestido —murmuró Sinnos, echándole un vistazo a Ireena.
Kaleb soltó una carcajada.
Ireena bajó la cabeza y se cubrió con la capucha.
Alexis abrió la boca, pero Pancracio se adelantó.
—Creo que ya fue suficiente.
Alexis lo miró, sorprendida.
Sinnos lo ignoró y golpeó el eje con los nudillos.
—Podemos seguir, pero hay que buscar refugio para pasar la noche. Con este tiempo no vamos a llegar lejos, y los caballos están agotados.
Encontraron refugio bajo un grupo de robles antiguos, cuyas copas entrelazadas formaban un techo que frenaba buena parte de la lluvia. El suelo estaba casi seco, cubierto de hojas muertas y musgo que amortiguaban los pasos.
Kaleb tardó varios intentos en encender una fogata, discutiendo en voz baja con el pedernal. Cuando las llamas al fin prendieron, todos se acercaron a extender las manos hacia el calor.
El humo de leña se mezcló con el olor a tierra mojada. Sinnos descargaba provisiones mientras Laghai atendía a los caballos: los secaba con trapos y se aseguraba de que tuvieran agua limpia y algo de avena.
Pancracio colgó su capa de una rama baja para que se secara y se sentó cerca del fuego con un suspiro. Kaleb repartió pan duro y embutidos sin mucha ceremonia.
Ireena miró a su alrededor: el suelo de hojas húmedas, las capas colgadas de las ramas, el cielo gris asomando entre las copas.
—¿Vamos a dormir aquí? —preguntó—. ¿Al aire libre?
No había queja en su voz, solo sorpresa.
Sinnos y Kaleb intercambiaron una mirada. Laghai siguió comiendo sin levantar la vista.
—¿Prefieres que te consigamos una posada? —dijo Sinnos—. Tal vez haya una detrás de ese árbol.
—¡Pero es lo mejor del viaje! —intervino Kaleb—. Dormir bajo las estrellas…
Miró hacia arriba. Entre las copas solo había nubes.
—Bueno, bajo las nubes.
Ireena dejó el pan sobre las rodillas y no volvió a hablar.
Los demás retomaron sus conversaciones. Después de un rato, ella se levantó sin decir nada y se alejó hacia donde Laghai había atado a los caballos.
Alexis preparaba café mientras la observaba. Por un momento dudó. Después sirvió dos tazas.
Había dos caballos atados a un árbol. Uno era marrón oscuro y nervioso; resoplaba y movía las orejas ante cualquier ruido. El otro, más pequeño, tenía el pelaje castaño claro, manchas blancas en el hocico y unos ojos tranquilos que se quedaron fijos en Ireena.
Ella le acarició el cuello despacio.
—Tú tampoco elegiste estar aquí, ¿verdad? —le susurró.
El animal resopló y empujó el hocico contra su mano.
—Esa es Miladi.
Ireena se sobresaltó y se apartó, pasándose rápido el dorso de la mano por los ojos. Alexis estaba a unos pasos, con dos tazas humeantes.
—Yo… —empezó.
Alexis se acercó y le extendió una de las tazas.
—Te va a hacer bien algo caliente.
Ireena la aceptó con dedos torpes, sin atreverse a mirarla a los ojos. Ninguna de las dos dijo nada; el vapor del café se mezclaba con su aliento en el aire frío.
Alexis acarició el cuello de Miladi con la mano libre.
—Esta es mi favorita.
Ireena la miró de reojo.
—Lamento lo de antes —dijo Alexis, sin dejar de mirar a la yegua—. Se pasaron.
Ireena asintió. No sabía qué decir.
—Siento que empezamos con el pie izquierdo —dijo al fin, casi en un susurro—. Y el viaje es largo… Quisiera que estemos bien.
Alexis esbozó una pequeña sonrisa.
—Está todo bien.
Ireena le devolvió una sonrisa breve. Sus ojos bajaron a las dos espadas que Alexis llevaba a la cintura.
—¿Y… hace mucho que te dedicas a esto?
—Un tiempo. —Alexis bebió un sorbo de café—. ¿Y vos? ¿Alguna vez saliste de la villa?
Ireena tardó en contestar. Hizo girar la taza entre las manos.
—Digamos que sí. —Hizo una pausa—. Pero no lo recuerdo.
Alexis la miró, extrañada.
Un crujido de ramas sonó a sus espaldas. Miladi levantó la cabeza de golpe y el caballo marrón tironeó de la cuerda, resoplando. Alexis se giró con la mano ya en el pomo de una de sus espadas.
Ireena siguió su mirada. Entre las sombras, dos cuervos se acomodaban en la rama más baja de un roble. Uno sacudió las plumas y se quedó quieto, mirándolas.
—Qué susto —dijo Ireena, con una risa nerviosa.
—Sí…
Alexis seguía mirando hacia el bosque. Su taza estaba volcada entre las hojas, el café oscureciendo la tierra.
Los cuervos ya no se movían, pero ella no aflojaba los dedos sobre la espada. Le temblaban apenas.
Ireena se preguntó si Alexis tampoco había elegido estar aquí.
Fin del capítulo
¿Te gustó?
Si te gustó, podés invitarme un café.
Cafecito (Argentina)Ko-fi (internacional)
La historia es y va a seguir siendo gratis para todo el mundo. Las donaciones son propinas voluntarias: no desbloquean capítulos ni dan acceso anticipado.