Capítulo 4

Hilo y aguja

9 min de lectura

Este capítulo tiene avisos de contenido (tocá para verlos)
  • Violencia
  • Sangre
  • Muerte de un animal
  • Heridas

Kaleb tenía la cabeza apoyada en la ventana.

Afuera, el camino serpenteaba entre colinas bajas. La niebla se arrastraba sobre el suelo y no dejaba ver más allá de unos pocos metros. El cielo tenía el mismo gris de la mañana, y de la mañana anterior.

—¿Alguien se acuerda de la última vez que vio el sol? —preguntó.

—Ya te dije, en Barovia no sale el sol —dijo Laghai, sin abrir los ojos.

Kaleb se volvió hacia Ireena, como esperando que lo desmintiera.

—Hay días más claros que otros —dijo ella. Lo pensó un momento—. Pero no. Nunca lo vi.

Kaleb la miró incrédulo.

—¿Nunca?

Ireena negó con la cabeza.

Alexis, sentada frente a ella, imaginó a una pequeña Ireena jugando con su perro en los jardines de la mansión, bajo ese cielo gris. Le pareció un poco triste.

Después de un rato, el paisaje empezó a cambiar. A la izquierda del camino aparecieron unas piedras grises que asomaban entre la hierba alta y la maleza. Al principio eran pocas, dispersas y medio ocultas por la vegetación, pero a medida que avanzaban se volvieron más numerosas.

Lo que parecía ser un cementerio se extendía por hectáreas. Las lápidas asomaban entre la niebla como dientes rotos, junto a mausoleos oxidados y ángeles con las alas partidas.

—Qué lugar más alegre —murmuró Kaleb.

Aquí la bruma se notaba más espesa. Varios cuervos observaban la carreta desde unas estatuas altas, quietos, sin graznar. Solo se oía el traqueteo de las ruedas y los cascos de los caballos contra el camino mojado.

Una pequeña figura apareció en medio del camino.

Sinnos tiró de las riendas con fuerza. Los caballos se detuvieron, inquietos, sacudiendo las crines.

—¿Qué demonios…? —murmuró.

Era un niño de no más de ocho o nueve años. Levantó la cabeza al oír la carreta. Tenía la cara sucia, surcada de lágrimas, y la ropa empapada y desgarrada, como si hubiera estado corriendo entre los arbustos.

Los miró con ojos grandes y asustados. Le temblaba el labio inferior.

—Ayúdenme —dijo con voz quebrada—. Por favor… no encuentro a mis padres.

Ireena se incorporó en su asiento.

—Tenemos que ayudarlo. Es solo un niño.

Alexis frunció el ceño.

—Ireena, quedate…

Pero Ireena ya estaba abriendo la portezuela.

—No podemos dejarlo aquí. ¿Y si le pasa algo?

El niño empezó a acercarse a la carreta con pasos pequeños e inseguros.

Arrastraba los pies sobre las hojas húmedas, y cada paso parecía costarle.

—Por favor —repitió, casi sin voz—. Estoy perdido. Hace tanto frío… No sé dónde están mamá y papá.

El grupo se tensó. Incluso Kaleb había dejado de sonreír.

Pero Ireena ya se había inclinado desde la puerta de la carreta y le tendía la mano.

—Ven aquí, pequeño. Ya estás a salvo.

El niño alzó la vista hacia ella y sonrió. Fue una sonrisa breve, que duró un instante de más.

Ocurrió en un parpadeo. La piel del niño se volvió grisácea como la de un cadáver, los ojos se vaciaron y la boca se abrió imposiblemente ancha, mostrando dientes ennegrecidos. Los dedos se le alargaron en garras mientras todo el cuerpo se retorcía y crujía frente a ellos como una marioneta rota.

Y entonces, desde entre las lápidas, empezaron a emerger al menos una docena más de criaturas.

—¡Ghouls! —gritó Sinnos.

El ghoul-niño siseó, con las garras extendidas hacia Ireena. Ella retrocedió con un grito ahogado.

Alexis saltó por la portezuela con las espadas ya desenvainadas y frenó el primer zarpazo casi sin pensarlo.

—¡Ireena, quedate atrás! —le gritó.

Los ghouls llegaban desde todas direcciones. El olor a tierra removida y descomposición se volvió insoportable.

Alrededor de la carreta todo era acero contra carne podrida.

El martillo de Sinnos cayó sobre uno que se arrastraba hacia los caballos. El golpe hizo temblar el suelo.

Kaleb se subió al techo de la carreta con su arco. Laghai ya se deslizaba hacia un par de ghouls.

Alexis desvió otro ataque del ghoul-niño y le buscó el cuello con la hoja. La criatura cayó con un gemido gutural.

Por encima del hombro alcanzó a ver a Ireena en la portezuela, paralizada, con el estoque de su padre apretado contra el pecho.

Dos más surgieron desde atrás de una tumba derribada, más rápidos que los demás. Alexis apenas alcanzó a girar. Bloqueó las garras del primero con una espada y le hundió la otra en el cuello; lo apartó de una patada mientras ya se volvía hacia el segundo.

Un ghoul más grande que los otros, con jirones de lo que alguna vez había sido ropa de noble, rodeó la carreta. Sus ojos muertos se fijaron en los caballos.

Saltó sobre Miladi. Las garras se le hundieron en el cuello, y la sangre brotó, oscura y abundante.

El chillido de Miladi cortó el aire.

Alexis corrió hacia ella, pero había dos ghouls en el medio. Cortó a uno, esquivó al otro. Cuando llegó, ya era tarde.

Miladi cayó de rodillas, con el ghoul todavía aferrado a su cuello. Los ojos tranquilos que la noche anterior habían mirado a Ireena se apagaron.

Alexis le enterró las dos espadas en la espalda a la criatura. Se retorció y cayó.

—¡Alexis! —gritó Kaleb.

Un dolor ardiente le atravesó el costado. Sintió las garras rasgar el cuero de la armadura, la piel, más hondo.

Se le escapó un grito ronco.

Una flecha atravesó el pecho del ghoul que la había herido. La criatura no volvió a moverse.

Después, solo quedaron las respiraciones agitadas del grupo y el olor a sangre en el aire húmedo.

Alexis se tambaleó, apretándose el costado. La sangre se le filtraba entre los dedos.

Sinnos se acercó y le examinó la herida con ojo crítico. Kaleb ya estaba a su lado, apretándole el costado con un trapo.

—Necesitamos irnos ya —dijo Sinnos, mirando hacia el camino—. Con suerte encontraremos un lugar para dormir antes del anochecer.

Laghai cortaba las correas que ataban a Miladi a la carreta. El caballo marrón seguía temblando.

—Alexis… —Ireena había bajado de la carreta, con la cara blanca—. Estás sangrando.

—Estoy bien.

Pero los ojos de Ireena ya se habían ido hacia Miladi. El charco de sangre oscura se extendía debajo del cuerpo inmóvil. Las manchas blancas del hocico estaban teñidas de rojo.

—¡No! ¡Miladi! —gritó Ireena, llorando—. Yo… yo solo quería ayudar al niño. No sabía…

Laghai pasó a su lado sosteniendo a Alexis del brazo.

—No puedes confiar en nadie. No seas ingenua —dijo, cortante.

Subieron a la carreta en silencio.

Ireena fue la última en subir. Las lágrimas le seguían corriendo por las mejillas, pero ya no hacía ruido al llorar.


Dentro de la carreta, nadie habló. El caballo que había sobrevivido tiraba solo, con pasos nerviosos, y Sinnos lo guiaba con cuidado, evitando los movimientos bruscos.

El tiempo se estiraba. Cada vez que una rueda caía en un bache, Alexis soltaba un quejido que intentaba tragarse. Ireena no podía dejar de mirarle la mano apretada contra el costado.

La luz gris del día empezó a apagarse.

—Ahí —dijo Sinnos al fin.

Entre la niebla apareció una construcción de madera de dos pisos, con luces tenues en las ventanas. Un letrero colgante decía “El Zorro Plateado” en letras descoloridas.

Sinnos detuvo la carreta frente a la entrada. Bajó de un salto y ayudó a Alexis a descender.

Adentro, el calor y el olor a comida los envolvieron de golpe. Unos pocos parroquianos ocupaban mesas dispersas, y el fuego de la chimenea crepitaba bajo.

—¿Cuántas habitaciones? —preguntó el posadero, un hombre corpulento de barba descomunal, sin levantar la vista del libro de registros.

—Dos —respondió Sinnos, dejando caer unas monedas sobre el mostrador—. Y una botella de tu alcohol más fuerte.

El posadero levantó una ceja, pero sacó una botella de debajo del mostrador.

Kaleb soltó una risa.

—¿En serio, Sinnos? ¿Ahora es momento de beber?

Sinnos le dedicó una mirada plana.

—Es para limpiar la herida. No seas idiota. —Se volvió hacia Alexis—. ¿Vas a necesitar ayuda?

—Puedo sola, gracias. —Alexis tomó la botella y una de las llaves.

Subió la escalera despacio; cada escalón le arrancaba una mueca.

El grupo se repartió entre las mesas. Kaleb pidió comida. Sinnos se dejó caer en una silla con un resoplido. Laghai se quedó cerca de la puerta, observando.

Pancracio se acercó a Ireena.

—Debería descansar.

Ireena no respondió. Se había quedado mirando la escalera.

—Ireena.

Parpadeó.

—¿Qué?

—Que debería descansar. Ha sido un día… difícil.

Ireena asintió.


La habitación era pequeña pero limpia: una cama, una mesa, una jarra con agua.

Alexis dejó la botella sobre la mesa y empezó a quitarse la armadura con movimientos torpes. El cuero estaba empapado de sangre seca y se le pegaba a la herida. Cuando al fin logró sacársela, la dejó caer al suelo con un golpe sordo. Se desabrochó la camisa: tres cortes profundos le atravesaban el costado.

Sacó de la mochila aguja, hilo y vendas.

Se sentó en el borde de la cama y vertió el alcohol directamente sobre la herida.

El dolor la atravesó como un relámpago. Apretó los dientes para no gritar, aferrada al borde de la cama.

Respiró. Una, dos, tres veces. Esperó a que el dolor se volviera algo más manejable.

Enhebró la aguja con dedos que todavía temblaban y la acercó a la herida, buscando el ángulo para coserse su propio costado.

La puerta se abrió.

—Alexis, yo… —Ireena se detuvo en seco.

Alexis giró de golpe, la aguja todavía en la mano y la camisa abierta.

—¿No sabés golpear?

Ireena cerró la puerta detrás de ella y se acercó rápido.

—¿Qué estás haciendo?

—Lo que parece —respondió Alexis, intentando sonar despreocupada—. Coserme.

—Tú sola.

—No es la primera vez.

Ireena miró la herida, después la aguja en esa mano que temblaba, después su cara.

—Déjame ayudarte.

—No tenés que…

—Sé coser —la interrumpió Ireena, y extendió la mano.

Alexis vaciló. La estudió un momento. Después le dio la aguja.

—Está bien.

Ireena se lavó las manos con alcohol y se sentó en el borde de la cama. Miró la herida, que todavía sangraba, y respiró hondo.

La primera puntada fue tentativa. Alexis se tensó, pero no hizo ningún ruido. La segunda fue más firme. Para la tercera, Ireena había encontrado el ritmo.

—Fue mi culpa —dijo Ireena en voz baja. Sus manos no se detuvieron—. Lo de Miladi.

Alexis tardó en contestar.

—Era una trampa.

—Pero fui ingenua —dijo Ireena—. Porque no sé nada. Ni siquiera pude…

Se mordió el labio.

—¿Ni siquiera pudiste qué?

—No sé pelear —terminó, y volvió a la herida—. No sé defenderme. Siento que no sirvo para nada.

—Estás cosiendo una herida ahora mismo.

Ireena siguió trabajando en silencio, con puntadas cada vez más seguras.

—Me lo enseñaron en la escuela —dijo al rato—. Para ser una buena esposa. Para coser la ropa de mi marido, bordar cosas bonitas para la casa. —Había un dejo amargo en su voz—. No para… esto.

—Pero sirvió.

—Supongo.

Alexis la observó trabajar. Ya no le temblaban las manos.

—Ireena, no sos inútil —dijo.

Ireena no dijo nada más. Terminó la última puntada y cortó el hilo. Tenía las manos manchadas de sangre, pero el trabajo estaba hecho: las puntadas eran un poco irregulares, pero firmes.

—Listo —susurró.

Se quedaron así un momento, Ireena todavía inclinada sobre la herida, con los dedos rozando la piel de Alexis mientras revisaba su trabajo.

—Gracias —dijo Alexis.

Ireena asintió y empezó a vendarla. Cuando terminó, se quedó sentada, mirándose las manos manchadas.

—Deberías lavarte —dijo Alexis mientras se acomodaba la camisa.

—Sí.

Pero no se movió.

—¿Alexis?

—¿Sí?

—¿Podrías… enseñarme? —Ireena la miró directo a los ojos—. A defenderme.

Todavía tenía los ojos enrojecidos de llorar.

Alexis le sostuvo la mirada un momento.

—Puedo enseñarte un par de cosas.

A Ireena se le dibujó una pequeña sonrisa.

Fin del capítulo

¿Te gustó?

Si te gustó, podés invitarme un café.

La historia es y va a seguir siendo gratis para todo el mundo. Las donaciones son propinas voluntarias: no desbloquean capítulos ni dan acceso anticipado.