Capítulo 5

Primera lección

8 min de lectura

Alexis abrió los ojos en la oscuridad de la habitación. El frío se filtraba por las paredes de madera y cada respiración se le volvía vapor. En la otra cama, Ireena dormía envuelta en mantas hasta la barbilla.

No había podido dormir. Cada vez que cerraba los ojos volvían las garras, los dientes ennegrecidos, el olor a tierra removida. Y el chillido de Miladi. Había pasado la mayor parte de la noche mirando el techo, escuchando los ronquidos de Sinnos a través de la pared.

Se levantó con cuidado. Los puntos del costado le tiraron al incorporarse, y tuvo que quedarse un momento sentada, respirando, antes de ponerse de pie. La madera crujió bajo sus pies, pero Ireena no se movió. Se vistió en silencio, ajustándose la armadura de cuero con movimientos practicados, y salió.

Laghai estaba apoyado contra la pared del pasillo, inmóvil en la penumbra. Sus ojos la siguieron cuando pasó, pero no dijo nada. Alexis le hizo un gesto breve con la cabeza y siguió hacia la escalera.

Abajo, el salón estaba vacío. El fuego de la chimenea se había reducido a unas brasas que apenas iluminaban las mesas. Alexis lo atravesó y salió por la puerta trasera.

El aire de afuera la golpeó como un puñetazo helado. La niebla, espesa como siempre, se arrastraba entre los árboles.

Junto al establo había un terreno abierto, cubierto de hierba húmeda. Del montón de leña apilado contra la pared eligió dos palos rectos y firmes. Los sopesó, probó el equilibrio. No eran perfectos, pero servirían.

Se quitó la capa, la dejó sobre la cerca y empezó a calentar. Estiró los músculos que todavía protestaban por el día anterior, rotó los brazos, flexionó las muñecas. Cada vez que giraba el torso, el costado le recordaba los puntos. Lo hizo igual.

Cuando sintió el cuerpo listo, volvió a entrar.

Laghai seguía en el pasillo. Probablemente no se había movido ni un milímetro.

Alexis abrió la puerta de la habitación. Ireena dormía ahora de costado, con el pelo rojo derramado sobre la almohada.

—Ireena —dijo en voz baja.

No hubo respuesta.

—Ireena —repitió, un poco más fuerte, y le tocó el hombro.

Un gruñido indescifrable salió de entre las mantas.

—Dijiste que querías entrenar.

—Mmm… ¿qué hora es? —murmuró Ireena, sin abrir los ojos.

—Uhm… es temprano. Pero si querés seguir durmiendo…

Ireena abrió los ojos de golpe y se incorporó.

—No, no. Dame un minuto, por favor.

Se levantó, se enredó con las mantas y empezó a vestirse a toda prisa. Alexis se volvió hacia la puerta para darle privacidad.

—Ya estoy —anunció Ireena después de lo que fueron, por lo menos, cinco minutos.

Bajaron juntas. Laghai las vio pasar sin comentario alguno.

Afuera, el frío hizo que Ireena se estremeciera.

—Hace mucho frío —murmuró, ajustándose la capa. Notó que Alexis solo llevaba la armadura de cuero—. ¿Cómo haces para no congelarte?

—Hay que moverse. En unos minutos no vas a sentir tanto frío.

Caminaron hasta el terreno. La oscuridad empezaba a ceder, apenas, a ese gris pálido que en Barovia pasaba por día. Los árboles eran formas negras contra un cielo un poco menos negro.

Alexis recogió los dos palos.

—Antes de empezar —dijo, estudiando a Ireena—, necesito que te relajes.

—Estoy relajada.

Alexis señaló sus hombros.

—Estás toda tensa, Ireena.

Ireena se miró, como si acabara de notar la rigidez de su propio cuerpo, e intentó aflojarse a la fuerza.

—No… no… así no —dijo Alexis.

—Entonces, ¿cómo? —preguntó Ireena.

Alexis le tomó los hombros y apretó con los pulgares justo donde se unían con el cuello.

—¿Sentís eso? Está duro.

Al contacto, Ireena se puso todavía más rígida.

—Ahora peor —dijo Alexis.

Ireena soltó una risa corta, y algo en sus hombros cedió.

—Mejor —aprobó Alexis, y la soltó—. Ahora, los palos.

Los buscó y le pasó uno.

—Vamos a practicar con esto porque al principio es peligroso entrenar con armas reales. Cuando tengas más control, vas a poder usar tu estoque.

Ireena asintió mientras tomaba el palo.

—Lo primero es aprender a sostenerlo —siguió Alexis—. Mirá.

Le mostró el agarre: los dedos firmes alrededor, pero sin rigidez. Ireena la imitó.

—Así. Ahora, la posición defensiva.

Alexis separó los pies y sostuvo el palo en diagonal frente a ella, lista para bloquear.

—Tu primer instinto siempre tiene que ser defenderte. Antes de pensar en atacar, tenés que poder protegerte.

Ireena intentó copiar la postura. Quedó torcida, pero era un comienzo.

—Más peso en la pierna de atrás —corrigió Alexis.

Ireena movió el pie hacia el lado equivocado. Alexis se acercó y le empujó el tobillo con la punta de la bota hasta ubicarlo.

—Así. Y el palo más alto. Tiene que cubrirte el torso y la cabeza.

Hicieron varios ajustes hasta que la posición fue aceptable.

—Bien. Ahora yo te voy a atacar, muy despacio, y vos solo tenés que bloquear. ¿Lista?

Ireena asintió, aunque había vuelto a ponerse rígida.

—Respirá —le recordó Alexis.

Avanzó y lanzó un golpe lento hacia el hombro derecho de Ireena.

Ireena levantó el palo, pero tarde y en el ángulo equivocado. El palo de Alexis la tocó antes de que pudiera defenderse.

—Muy lenta. Otra vez.

Repitió el mismo ataque desde el mismo ángulo. Esta vez Ireena reaccionó un poco antes, pero el bloqueo seguía siendo débil.

—Tenés que ponerle fuerza. No solo levantar el palo: empujá contra mi ataque.

Atacó de nuevo. Esta vez el bloqueo fue más firme.

—Mejor. Otra vez.

Siguieron así. Alexis variaba los ataques: alto, bajo, izquierda, derecha, siempre despacio, siempre dándole tiempo para reaccionar. Al principio, Ireena fallaba la mayoría de los bloqueos. Después, casi sin que ninguna de las dos lo notara, empezó a fallar menos.

El cielo fue aclarando, de negro a gris oscuro y de gris oscuro a gris pálido. La niebla seguía espesa, pero ya podían verse las caras. En algún lugar cercano, los cuervos empezaron a graznar.

—Estás mejorando —dijo Alexis después de un bloqueo particularmente bueno—. Ahora voy un poco más rápido.

Aceleró el ritmo, sin llegar a abrumarla. Ireena tuvo que esforzarse más, y la respiración se le volvió pesada, pero seguía bloqueando.

—Bien —dijo Alexis después de una serie de bloqueos—. Estás anticipando mejor. Ahora…

Lanzó un ataque a media altura. Ireena lo bloqueó con un movimiento cada vez más natural. Pero en lugar de detenerse ahí, su cuerpo siguió solo: del bloqueo pasó a un contraataque rápido, sin pensarlo.

El palo de Ireena golpeó el costado de Alexis con un golpe seco.

Justo donde estaban los puntos.

Alexis se dobló, con el aire escapándosele entre los dientes, y se llevó la mano a la herida.

Ireena soltó el palo, con los ojos muy abiertos.

—¡No! ¡Perdón! ¡Perdón! —Se acercó corriendo—. ¿Estás bien? No quise… yo no… solo pasó y…

—Esperá, esperá —dijo Alexis, levantando una mano. Todavía no podía enderezarse.

—La herida… Lo siento mucho, yo…

—Ireena.

El tono la detuvo.

Alexis respiró hondo un par de veces y se incorporó despacio. Se palpó el costado por encima del cuero. No sentía humedad: los puntos habían aguantado.

—Eso estuvo muy bien —dijo, y la sonrisa le ganó a la mueca de dolor.

—¿Qué? Pero te…

—Me pegaste. Sí. Bloqueaste y contraatacaste sin pensar. Eso es exactamente lo que tenés que hacer en una pelea de verdad.

Ireena parpadeó.

—¿De… de verdad? ¿Lo hice bien?

—Lo hiciste bien.

—¡Lo hice bien! —repitió Ireena, cada vez más fuerte, y de pronto se estaba riendo, con una risa abierta, sin ningún cuidado—. ¡Te pegué! ¡De verdad te pegué!

—Sí…

—¡Lo siento! Pero también… ¡no lo siento! Porque estuvo bien. Dijiste que estuvo bien.

Alexis se rio también, aunque cada carcajada le tiraba de los puntos.

Un aplauso lento las hizo girar.

Kaleb estaba apoyado en el marco de la puerta trasera, con una sonrisa burlona, aplaudiendo.

—Muy bonito el espectáculo —dijo—. Pero Sinnos dice que salimos en media hora. Vayan a desayunar.

—Ya vamos —le contestó Alexis.

Ireena, todavía eufórica, fue a recoger los palos y la capa de Alexis.

—¿Sabes? —dijo Kaleb, acercándose a Alexis—. Empiezo a pensar que estos entrenamientos van a ser muy entretenidos de mirar.

—No estás invitado —respondió Alexis, tajante.

—Ya veremos. —Kaleb le guiñó un ojo y entró a la taberna.

Alexis se quedó mirándolo con el ceño fruncido.

—Gracias, Alexis —dijo Ireena mientras le acomodaba la capa sobre la armadura—. Por enseñarme y por no enojarte cuando te pegué.

—No hay nada por lo que enojarme. Hiciste exactamente lo que tenías que hacer. —Alexis hizo una pausa y la miró—. Aunque la próxima vez me gustaría que me avises.

Ireena soltó una risita.


Adentro, el grupo ya estaba alrededor de una mesa. Sinnos masticaba pan mientras revisaba un mapa arrugado. Laghai bebía té caliente de una taza de metal. Pancracio ajustaba las correas de su mochila con meticulosidad.

Todos levantaron la vista cuando ellas entraron.

—Ah, las madrugadoras —dijo Sinnos—. ¿Qué tal el entrenamiento?

—Le pegué a Alexis —respondió Ireena sonriente antes de que Alexis pudiera abrir la boca.

Hubo un silencio.

—¿Le pegaste…? ¿A Alexis? —repitió Sinnos, mirando de una a otra.

—En los puntos —agregó Kaleb, sentándose—. Lo vi todo.

—Fue un gran contraataque —dijo Ireena, radiante.

Frente a ella, Alexis se sentaba con dificultad. Ireena se tapó la boca.

—Perdón.

Laghai levantó la vista de su taza por primera vez en la mañana.

—Bien.

—Vaya. —Sinnos estudió a Ireena con algo parecido al respeto—. ¿Quién lo diría?

—Debe de tener un talento natural, señorita Ireena —dijo Pancracio mientras le alcanzaba una taza de café.

Ireena se volvió hacia él, halagada.

—Gracias, Pancracio.

—Bueno, media hora —dijo Sinnos, otra vez en tono de mando—. Coman rápido. Tenemos mucho camino por delante.

El desayuno siguió entre ruido de platos. Cada tanto, Alexis notaba que Ireena hacía pequeños movimientos con las manos bajo la mesa, como si repitiera el bloqueo y el contraataque.

Y cada tanto, cuando sus miradas se cruzaban, Ireena sonreía.

Y Alexis se descubría sonriendo de vuelta.

Fin del capítulo

¿Te gustó?

Si te gustó, podés invitarme un café.

La historia es y va a seguir siendo gratis para todo el mundo. Las donaciones son propinas voluntarias: no desbloquean capítulos ni dan acceso anticipado.